Marie Langer y la calle del inconsciente

por Pablo Marchetti

Son muchos los términos que naturalizamos en nuestras vidas. Por ejemplo, solemos referirnos a “anarquía” como caos, olvidando el ideario anarquista de solidaridad y libertad. Del mismo modo, aceptamos “cinismo” como maldad, olvidando las enseñanzas anti poder de los filósofos cínicos de la antigua Grecia, como Diógenes. Aquellos filósofos que andaban desnudos y que se hacían llamar “perros”.

      Los medios suelen fomentar estos malos entendidos. Bueno, malos entendidos… no, de ninguna manera. No son ningunos malos entendidos. Se trata de expresiones que sirven para cristalizar relaciones de poder.

El término “inseguridad”, por ejemplo, hace referencia al robo sufrido contra la propiedad por una persona, por parte de un delincuente pobre o marginal. El robo a una casa, un asalto, un secuestro. Pero no se utiliza para los casos de abuso policial y gatillo fácil.

      Resulta curioso que algo tan inseguro como tener gente de las fuerzas de seguridad que se dediquen a cometer delitos (entre cuyas víctimas se encuentran pibes humildes como Luciano Arruga y tantísimos otros) no sea identificado como un problema de “inseguridad”.

      La desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado, por ejemplo, no fue visto como un episodio de “inseguridad”. ¿Y qué seguridad puede sentir la población (o, dicho en términos mediáticos, “la gente”) con una gendarmería que se dedica a perseguir a pobladores originarios o a asesinar a un pibe que fue de mochilero a convivir con los mapuches?

      De hecho, estoy hablando de “los medios” como si fueran un bloque hegemónico. Y no, estoy diciendo esto en un medio. Rebobinemos entonces: no hablemos de “anarquía”, ni de “cinismo”, ni de “inseguridad” ni de “los medios”. Si de romper discursos establecidos se trata, evitemos los lugares comunes.

Si hablamos de lugares comunes, hay uno, muy lugar y muy común, donde se naturalizan las construcciones de poder, donde se disputa el sentido: la calle. No me refiero a la calle como territorio político a partir de la movilización popular. Me refiero a la calle como territorio político a partir de los nombres.

Cada nombre de una calle habla de un determinado consenso en la población. Y habla también de una disputa política. ¿A quién honramos con los nombres de las calles?

Los nombres de las calles son un GPS sobre cómo se interpreta la historia de un país. Hay un mapa del relato político que nos ubica y nos dice dónde estamos parados y hacia dónde vamos. O al menos, cuáles son las direcciones posibles.

Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra calle, paralela. Que nos lleva a un lugar parecido, pero no, nada que ver.

Las calles suelen encarnar paradojas. Por ejemplo, la lucha de clases en la familia Alcorta: Figueroa y Amancio Alcorta tienen avenidas en la ciudad de Buenos Aires. Pero mientras Figueroa atraviesa el barrio más exclusivo de la ciudad (Barrio Parque), Amancio es la puerta de entrada de la villa 21-24, también conocida como Zavaleta, en Parque Patricios, luego de pasar por la cancha de Huracán.

Cada pueblo tiene los nombres de las calles que se merece. Y la calidad de vida de un país puede medirse por la gente a la que homenajea: si es gente vinculada a las fuerzas armadas, al arte, a la literatura, a la política, a la empresa; si es rica, si es pobre, etcétera.

      Son poquísimas las calles con nombres de psicoanalistas que existen. No sólo en la Argentina: en el mundo. En Viena, donde Sigmund Freud es un ícono de la ciudad, no hay una calle llamada Freud.

En Buenos Aires hay una zona de Barrio Norte a la que se la denomina popularmente Villa Freud, por la gran cantidad de psicoanalistas que atendían por allí en los años 60 y 70. Y aún en la actualidad.

      En 2006 se presentó un proyecto para ponerle Pasaje Sigmund Freud a un tramo de la calle Medrano que, con la reforma de la Plaza Güemes, quedó aislada, como si fuera una calle independiente de una cuadra. Pero el proyecto no prosperó y quedó en la nada, para vergüenza de la capital del psicoanálisis que supo ser esta ciudad. Sin embargo, el honor de Buenos Aires (o al menos el de las calles de Buenos Aires), quedó a salvo.    

Hoy la ciudad tiene una calle con el nombre de una persona fundamental del psicoanálisis.  Alguien que fue, además, simpatizante del Partido Comunista, aunque nunca se afilió al PC argentino por las diferencias que tenían los comunistas con el psicoanálisis. Y alguien que, paradójicamente, fue quien acercó al marxismo y el psicoanálisis.

Marie Langer nació en Viena en 1910 en una familia judía de la alta burguesía. En 1935 se recibió de médica pero no pudo ejercer en su ciudad natal por la prohibición a los hospitales a tomar médicos judíos. Unos años antes había asistido, cerca de Hamburgo, a una manifestación del Partido Nacional Socialista, donde escuchó hablar a Hitler. Cuando regresó a Viena, inmediatamente se afilió la Partido Comunista, como rechazo explícito a aquel discurso y a lo que se venía.

Langer decía que ser comunista le había salvado la vida. En 1936, gracias a su militancia, viajó a España para ser parte de los médicos que asistían a los heridos de la República, durante la Guerra Civil. La España en guerra no era un sitio tranquilo, pero para una judía comunista resultaba un lugar más acogedor que la Alemania nazi, donde seguramente hubiera terminado sus días en un campo de exterminio.

Con el fin de la guerra, Langer y su marido iban a irse a México, pero la visa no llegaba y tenían poco tiempo para abandonar la España franquista. Terminaron tomando el primer barco que pudieron. El destino: Uruguay. Se instalaron en un pueblito del interior, tuvieron dos hijos, pasaron penurias, hasta que les llegó la noticia de que en Buenos Aires había una incipiente escena de médicos interesados en el psicoanálisis.

Cuando llegó a Buenos Aires, Langer se vinculó con varios psicoanalistas, con los que pronto fundó la Asociación Psicanalítica Argentina. Dos décadas después iba a abandonar la institución por diferencias políticas. Para Langer, psicoanálisis y marxismo eran cosas que podían y debían convivir. Esto le valió el rechazo de varios psicoanalistas, pero también del Partido Comunista.

La relación de Langer con el PC fue intensa, tanto en la cercanía como en el rechazo. Como afiliada al PC austríaco, ella quiso afiliarse aquí al PC argentino, pero en el partido no la dejaron. En esa época, para los comunistas el psicoanálisis formaba parte de las desviaciones burguesas. En psicología, el partido sólo aceptaba el conductismo, la escuela creada en la Unión Soviética. “Pavlov sí, Freud no”, parecía ser la consigna.

      Un día, el emisario del PC que visitaba a Langer para pedirle su aporte a la campaña financiera (ella siempre colaboraba) le llevó una buena noticia: la psicoanalista ya podía afiliarse al partido, pues el último congreso había aprobado “el psicoanálisis, la prestidigitación y el tarot”. Langer no sólo no se afilió, sino que insultó al camarada y lo invitó a retirarse inmediatamente.

      En 1974, Langer abandonó el país, amenazada de muerte por la Alianza Anticomunista Argentina, grupo parapolicial creado durante el gobierno de Isabel Perón, antecedente de los grupos de tareas que hacían desaparecer gente durante la dictadura que comenzó en 1976. La psicoanalista se instaló en México. En esos años viajó a Cuba para el Congreso de Psicoanálisis y Marxismo que organizó Juan Carlos Volnovich, y asesoró al Frente Sandinista de Liberación Nacional, que en 1979 tomó el poder en Nicaragua.

Con la vuelta a la democracia, en 1983, regresó a Buenos Aires, el único lugar al que regresó en su vida. Y en 1987 murió víctima de un cáncer.

La historia de Marie Langer es apasionante. Pero la calle de Buenos Aires que lleva su nombre es insignificante. Técnicamente dura una cuadra, pero en verdad no llega a los 40 metros. En el medio pasa una vía que no lleva a ningún lado, que a su vez atraviesa un gran estacionamiento para automóviles. Y lo más curioso de todo: es una cuadra, pero no tiene numeración, pues no hay una sola puerta o entrada.

Puerto Madero es el barrio más nuevo de Buenos Aires, y uno de los más caros. Cuando se construyó, en la década del 90 del siglo XX, se les puso a sus calles los nombres de mujeres claves en la historia del país. Marie Langer forma parte de ese selecto grupo. Con una salvedad: no sólo es la única psicoanalista (algo más bien lógico), sino que es la única extranjera entre las mujeres homenajeadas en esas calles.

Una calle fantasma para una recordar una historia de pura rebeldía. O tal vez no se trate de una calle, sino de algo mucho más profundo y de un homenaje muy certero a una figura central en algo tan porteño como el psicoanálisis. Lo que hay en Puerto Madero y lleva el nombre de Marie Langer es probable que en realidad no sea una calle sino apenas el inconsciente de una calle.  

Entre psicoanálisis, marxismo y revoluciones, Marie Langer nos invita a transitar por los inconscientes de las calles. O por las calles del inconsiente.

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